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RENE GUENON
(Reseña)
W. WALLACE, S.J.
DEL EVANGELISMO AL CATOLICISMO POR LA RUTA DE LAS INDIAS
(De l’Evangélisme au Catholicisme par la route des Indes)
Traducción del inglés al francés por L. Humblet, S.J.
Introducción de Th. Hénusse, S.J.
Un vol. in-8 de 306 pp.
Albert Dewit, Bruxelles, 1921

Revue de Philosophie, mars-avril 1922.
Reproducido en la revista Science Sacrée, numéro spécial "René Guénon".

He aquí un libro muy interesante desde muchos puntos de vista: primero, en un sentido a la vez religioso y psicológico, como autobiografía del autor y como descripción de las fases por las cuales ha pasado y que le han llevado a su conversión; a continuación, por la crítica muy seria que se hace del Protestantismo, especialmente en lo referente a la falta de principios y la carencia de una autoridad; por fin, y es esto lo que sobre todo ha llamado nuestra atención, por las opiniones extraordinariamente justas que contiene sobre el espíritu de la India y el verdadero sentido de sus doctrinas.

El autor, originario del Norte de Irlanda, pertenecía a la "Baja Iglesia", es decir a la fracción del anglicanismo que está más alejada del Catolicismo, y cuyo credo se reduce en suma a esta única fórmula: "Cree en el Señor Jesús y serás salvado". Hacia la edad de dieciocho años, después de largos esfuerzos, W. Wallace alcanza el "acto de fe"; esta fe en Cristo no le abandonara jamás, pero puede decirse que ella era entonces la única certeza que tenía. Habiendo entrado en la orden anglicana, fue enviado como misionero a Bengala a petición propia, después de algunos años de ministerio durante los cuales ya experimentó "un sentimiento de impotencia y de terrible esterilidad". Allí, constatando los lastimosos resultados obtenidos por el Anglicanismo, descubrió que las causas de este fracaso "se basaban en una única razón: la ausencia de una autoridad cristiana suprema y universal". El hindú se asombra de una religión cuya última palabra le parece ser: "Haz lo que quieras", y la juzga inferior a la suya que, como dice el P. Hénusse en su introducción, "se impone a la vez por el alto valor espiritual de una doctrina muy clara y por la autoridad venerable de una tradición multisecular". W. Wallace no vacila en reconocer y proclamar francamente esta superioridad de la doctrina hindú con respecto al Cristianismo anglicano; y parece que nunca haya compartido ni por un solo instante los prejuicios de sus cofrades, que, sin conocer nada de esta doctrina, la descartan en bloque como indigna de su examen.

Era ya necesario estar desprovisto de ciertos perjuicios para ponerse a hacer, en semejantes condiciones, un estudio profundo de las doctrinas de la India; había que estarlo aún más, y de otra manera, para hallar en ellas lo que el autor encontró, y fue probablemente porque no tenía nada de "orientalista" de profesión por lo que pudo llegar a comprender estas cosas. He aquí por otro lado el juicio que hace sobre las traducciones inglesas de los libros sagrados de la India: "a menudo la traducción está oscurecida al punto de ser ininteligible, e incluso allí donde se la puede comprender, las ideas aparecen tan extrañas que no se puede sacar de ella prácticamente ningún partido. Rápidamente se me hizo evidente que los términos ingleses no podían corresponder exactamente a las ideas que pretendían expresar, hasta el punto que estudiar los libros sagrados de los hindúes en sus traducciones inglesas era peor que una pérdida de tiempo...". Y, después de haber aprendido suficientemente el sánscrito como para poder leer los textos, "reconocí lo que ya intensamente sospechaba, que la lengua inglesa no traducía ni podía traducir el pensamiento del original, y que las traducciones sólo eran útiles en manos de aquellos que conocían por otro medio el modo de pensar hindú. A menudo el uso de ellas no se limitaba a ser inútil, pues no solamente el pensamiento no era traducido ni comprendido, sino que en su lugar se establecía, en la mente del lector, una absurda falsificación". Es eso, muy exactamente, lo que nosotros mismos pensamos al respecto, y se puede extender este juicio a todos los trabajos de los orientalistas en general.

Citemos también la apreciación del autor sobre los hindúes, que no es menos justa: "Aparte de sus virtudes naturales, descubría en ellos pensamiento y espiritualidad. Eran pensadores, pensadores originales y religiosos, mostraban gran fineza y verdadero poder de observación. Hablo evidentemente sobre todo de los brahmanes, pero también de los campesinos... Muchas veces su fuerza lógica me asombraba también, y la profundidad de su pensamiento que, sin embargo, parecía muy simple... Hay una cosa que puedo afirmar con certeza: nunca he encontrado gente con quien fuese más fácil entrar en relación de ideas que los hindúes, ni que fuesen más interesantes en este género de charla, ni que tuviesen más placer por este tipo de conversación... Solamente hacía falta aprender su lenguaje metafísico y religioso y poder hablar en términos que respondiesen a su pensamiento; cuando les servíamos las fórmulas de nuestras concepciones religiosas, apenas las entendían y les gustaban menos todavía."

En cuanto a la comprensión misma de las ideas y las doctrinas, "el primer hecho que arrojó alguna luz sobre la cuestión, fue la afirmación de un nativo de que, en la religión hindú, todo tendía a adquirir la "absorción" o el éxtasis (samâdhi) como medio de alcanzar el Ser Supremo". Era ése un excelente punto de partida, y era fácil entonces darse cuenta de que las múltiples figuras simbólicas estaban todas dispuestas de manera que fuesen "ayudas para la concentración del espíritu", lo que efectivamente es su papel esencial. "Con insistencia, los hindúes nos manifestaban que el ídolo no era sino una comodín, como el signo x, empleado por los algebristas para designar la cantidad desconocida... Yo me preguntaba hasta qué punto ese culto de las cosas creadas se merecía, con respecto a ellos, el nombre de idolatría". Nosotros, por nuestra parte, podríamos afirmar más netamente que en verdad no hay allí ninguna idolatría, pero debemos reconocer que es la primera vez que vemos esta idea expresada por un occidental, aun cuando sea bajo una forma simplemente dubitativa.

Si bien el autor no ha llegado a una asimilación perfecta y total de la intelectualidad hindú, no obstante ha ido ya muy lejos en este sentido, mucho más incluso que lo que comportaría un conocimiento simplemente teórico. Tenemos la prueba de ello en las páginas que consagra al Nirvâna, y de las que queremos reproducir algunos pasajes: "Consultaba al respecto los diccionarios, los autores de Europa, comparaba los libros sánscritos, estaba seguro de una cosa: esto no era lo que describían mis libros, un puro y simple anonadamiento. Pues, como decía el Sâmkhya refiriéndose a esta cuestión, el gran vacío no podría ser el objeto de la ambición del hombre... percibía que alguna cosa en la religión hindú se me escapaba, no la podía asir, sin saber por qué. No obstante, un día, meditando esta enseñanza, esta perpetua enseñanza sobre el Nirvâna y el Samâdhi, tratando de sondear su sentido, Dios, pienso, vino en mi ayuda. Como en el resplandor de un relámpago, percibí lo que estas fórmulas quizá antes escondían más que expresaban; me di cuenta, "realicé" el sublime término de la aspiración hindú, ese ideal que fascinaba toda mente hindú, que influía sobre toda actividad hindú. Fue más bien una iluminación interior que un descubrimiento. Ello desafiaba toda descripción." Y esta "iluminación" verdadera, sobre la naturaleza de la cual no es posible engañarse cuando se conoce de qué se trata, le mostró que el Nirvâna no era una "absorción en Dios", al menos en el sentido en que lo entienden los occidentales que se ponen a hablar de él sin saber nada: "No había, ciertamente, extinción de la personalidad, extinción del ser, sino más bien una realización de personalidad en una absorbente comunión de esplendor infinito." No se podría decir mejor, y somos nosotros quienes subrayamos las palabras "realización de personalidad", porque son las mismas que, por nuestro lado, hemos adoptado desde hace mucho tiempo como la mejor expresión que las lenguas occidentales pueden proporcionarnos para traducir, en la medida de lo posible, aquello de lo que se trata; hay ahí, muy ciertamente, otra cosa que una simple coincidencia. Y el P. Wallace reproduce seguidamente lo que él escribía en esa época: "Absorbida en un unión trascendente, el alma no ve más que al Supremo, no es consciente sino del Supremo... Para quien se encuentra en presencia de lo eterno, nada, de esta flotante fantasmagoría, parece permanecer sino en El, nada, ni siquiera el ser propio que, aunque existe de hecho –puesto que conoce y disfruta infinitamente de conocer–, no es sin embargo conocido conscientemente, hasta tal punto está absorbido en la contemplación. Nada queda, sino esta ‘realización’ del Supremo que transfigura el espíritu en sí mismo por una transfiguración eterna... El Nirvâna, a la vez abolición de todo y realización de todo; la abolición de la fantasmagoría del sentido y del tiempo, de todas estas sombras que, sea cual sea nuestra estima por ellas, no son, sean lo que puedan ser, cuando ‘realizamos’ lo Único que es... No es en absoluto una extinción, sino una realización, la realización de lo Verdadero por lo verdadero." Todos los intentos de interpretación de los orientalistas aparecen absolutamente irrisorios al lado de estas líneas donde un hombre que había adquirido otra cosa que un conocimiento "libresco" intentaba describir lo que había visto "aunque solamente por transparencia, oscuramente".

Estas últimas palabras prueban bien que, como decíamos, no había llegado hasta el fin; "pero lo que había visto, lo había visto", añade él, y un conocimiento de este orden, incluso si permanece oscuro y cerrado, es para aquél que lo ha adquirido algo que nada podrá jamás hacerle perder. Todos los hindúes con quien W. Wallace estaba en relación reconocieron sin duda a qué punto había llegado; por sus palabras y su actitud, ellos le aseguraron "que había encontrado", y uno de ellos le dijo: "todo lo que tiene usted que valga, es de nosotros que lo ha aprendido", lo que él mismo no ponía obstáculo en admitir, pensando "haber recibido de la India más que lo que él jamás podría darle".

Después de haber comprendido estas cosas (y todavía hay muchas otras consideraciones que, a pesar de su interés, nos vemos obligados a pasar por alto), el Rev. Wallace no podía ya quedar como era antes: de ninguna manera había perdido la fe cristiana, pero en él "el Protestantismo se había minado lentamente"; así, su conversión al Catolicismo fue bastante próxima a su retorno a Europa, tras una estancia en América que le hizo efectuar, entre la civilización hindú y la civilización occidental llevada al extremo, una comparación sin ningún punto de ventaja para esta última. Hubo aún no obstante algunas luchas en el momento de su conversión, e incluso al comienzo de su noviciado en la Compañía de Jesús: lo que se le presentaba le parecía "pequeño" y "estrecho" al lado de lo que él conocía; no se encontraba precisamente con dificultades de carácter positivo, pero se exigía de él negaciones que probablemente procedían sobre todo de una cierta incomprensión entre sus directores, y diversos pasajes muestran que, a continuación, debió percibir que la oposición y la incompatibilidad supuestas entre las concepciones hindú y católica eran inexistentes: ¿no escribe que el Sanâtana Dharma (la "ley eterna" de los hindúes) es el natural "pedagogo que lleva a Cristo", y no expresa el lamento de que "los católicos no se den cuenta de ello plenamente"? "El Sanâtana Dharma de los sabios hindúes, leemos todavía en otro lado, tal como lo entendía ahora, procedía exactamente del mismo principio que la religión cristiana. Únicamente, se trataba de una tentativa de ejecutar cada uno para sí, solo, lo que Cristo, según mi creencia, había ejecutado para nosotros, de una manera universal. Había rivalidad; no había antagonismo." Ya es mucho haber reconocido esto; hay bien pocos occidentales que lo hayan comprendido, y quizá menos todavía que hayan osado proclamarlo, pero podemos ir más lejos todavía y decir que ni siquiera hay rivalidad, porque, si bien el principio es el mismo en efecto, el punto de vista no lo es. Tocamos aquí el punto esencial sobre el cual la comprensión de las doctrinas hindúes ha permanecido imperfecta en el P. Wallace: es que no ha podido evitar interpretarlas en un sentido "religioso", según la acepción que los occidentales dan a esta palabra; no hemos de rebuscar si este lado por el cual su espíritu había permanecido occidental a pesar de todo no fue el que le detuvo en esa vía de "realización" que tan bien había entrevisto; pero lo que hay de cierto es que es esto lo que le hace cometer algunas confusiones, especialmente ver como idénticas la idea de moksha y la de "salvación", y decir que el Cristianismo ha puesto al alcance de todos el mismo ideal que el hinduismo no podía proponer sino a una elite. A pesar de esta reserva que la verdad nos obliga a formular, no por ello el libro del P. Wallace deja de constituir para nosotros un testimonio de un valor y de una importancia excepcionales, ni quita que hayamos tenido la gran satisfacción de encontrar en él, sobre muchos puntos, una brillante confirmación de lo que pensamos y decimos nosotros mismos sobre la India y sus doctrinas.